El Espacio Donde nunca Pasa Nada

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By admin
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diciembre 16, 2025
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No tengo muy claro cuándo el diseño empezó a prometer cositas que parecían muy necesarias. Quizá fue cuando dejó de estar callado. O cuando empezó a explicar las cosas antes incluso de que alguien se las preguntara. El diseño, ese oficio supuestamente silencioso, empezó a hablar alto. A vender certezas. A organizar el mundo como si el mundo fuese un Excel perfectamente alineado¹.

Debido a mi vista cansada puedo decir que vengo de un lugar borroso donde el diseño no resuelve nada. Donde la pintura tampoco salva a nadie. Donde las cosas están medio torcidas, o directamente mal hechas. Y en este despropósito se genera un exponente diferencial.

No es una posición precisamente para sacar pecho. Es más bien una incomodidad persistente, como estar sentado en una silla de tres patas.

Durante años he trabajado como diseñador gráfico. He cumplido encargos. He seguido briefs. He hecho y hago lo que hay que hacer. Y no reniego de ello. El problema no es trabajar. El problema es cuando el diseño se cree imprescindible. Cuando se presenta como la solución natural a problemas que quizá no deberían resolverse tan rápido.

Diseñar, hoy, es una forma educada de cerrar bocas. —Las cosas son como se diseñan y punto—. La pintura, en cambio, no sabe cerrar nada. La pintura abre agujeros, bocas, oídos, incluso el ano y luego se va.

Entre esos dos gestos —cerrar y abrir— es donde uno tiene la santa paciencia de levantar su campamento. No interesa la pintura como territorio romántico ni el diseño como disciplina técnica. Lo interesante es el incómodo espacio que aparece entre ambos. Ese lugar donde el diseño empieza a fallar y la pintura aún no ha llegado y ni se le espera. Ahí donde no pasa nada de nada es precisamente donde reside lo interesante del tema.

Se suele decir que el diseño es neutral. Que solo organiza información. Que facilita la vida. Que no toma partido. Pero eso no es así.

Toda forma organiza el mundo de una manera concreta. Toda jerarquía visual es una jerarquía política en miniatura. Decidir qué se ve primero y qué después no es una cuestión técnica. Es una toma de posición, aunque se haga con buenas o malas intenciones.

El diseño contemporáneo funciona muchas veces como una ideología de baja frecuencia. No grita. No impone. Pero seduce como un galán de Hollywood. Te hace sentir cómodo. Y ahí está el intríngulis. Se habla de la ideología no como algo que nos engaña, sino como algo que seguimos incluso cuando sabemos que nos engaña². Sabemos que muchas promesas del diseño —claridad, eficiencia, impacto— son simplificaciones. Y aun así seguimos operando dentro de ellas.

A veces se piensa que la pintura es una huida. Un refugio. Un gesto romántico frente a la frialdad del diseño. Pero si nos resituamos en el mapa, pintar es meterse en otro tipo de conflicto. Menos productivo, menos medible, pero no menos exigente. La pintura no sirve para comunicar mejor. Sirve para estropear lo que parecía claro. Resistir a la obligación de dar sentido. A la necesidad de explicar. A la ansiedad por cerrar una imagen que funcione. La pintura es lenta. Y esa lentitud es incómoda en un mundo diseñado para acelerar³.

Boris Groys dice que el arte no se define por producir novedades, sino por cambiar el contexto de lo que ya existe⁴. La pintura, en ese sentido, no compite con el diseño. Lo despeina. No mejora la comunicación. La interrumpe. Y esa interrupción es política, aunque no lo pretenda.

Habitar la tierra media no es soportar el fuego cruzado porque apenas existes para nadie. Estás en la nada yendo de un lado a otro sin saber dónde poner el huevo. Como un Dersu Uzala en el desierto siberiano⁵. Es hacer el vacío para crear un espacio activo donde moverse. El intervalo como lugar donde se produce el pensamiento⁶.

El diseño odia ese vacío. Lo rellena. Lo justifica. Lo convierte en margen funcional. Me gusta trabajar en ese espacio donde no pasa nada. Donde el diseño ya no sabe qué hacer y la pintura aún no ha empezado a decir algo. Ese lugar es incómodo. No es precisamente un chalet con vistas. Es deambular por un lugar inhóspito. No se puede vender fácilmente por el simple hecho de no saber dónde poner el cartel de se vende.

Se habla mucho de diseño crítico, especulativo, social, ético. Y me parece bien. Pero también me genera desconfianza. A veces el diseño crítico se convierte en otro estilo. En otra etiqueta. En otra forma de tranquilizar conciencias.

Anthony Dunne y Fiona Raby insisten en que el diseño no debe ofrecer soluciones, sino preguntas⁷. Estoy de acuerdo. Pero incluso las preguntas pueden convertirse en productos. El sistema es muy hábil absorbiendo críticas. Por eso me interesa más el fallo que la intención. No diseñar para cambiar el mundo. Diseñar para mostrar que el mundo no está en venta.

Un lugar que se resiste a ser organizado, jerarquizado, funcionalizado. No me considero pintor en el sentido clásico. Tampoco diseñador en el sentido ortodoxo. Trabajo con restos. Con imágenes que vienen del diseño y que la pintura se encarga de estropear. Con estructuras gráficas que pierden su función y se vuelven materia⁸. Persistir no por nostalgia, sino por tozudez.

Contra la claridad obligatoria. Vivimos obsesionados con la claridad. Todo debe entenderse rápido. Todo debe ser accesible. Todo debe ser usable. No estoy en contra de la claridad. Pero sí de su obligatoriedad. Hay cosas que no se entienden. Y no pasa nada. El diseño ha asumido un rol pedagógico constante. Explica. Traduce. Simplifica. A veces simplificar es una forma de censura suave⁹.

Se habla del cansancio estético. De la saturación de imágenes que ya no producen sentido¹⁰. Cada vez cuesta más mirar. Cada vez cuesta más detenerse. El diseño produce imágenes eficaces, pero agotadas. La pintura puede permitirse ser torpe. Lenta. Inútil. Y en esa inutilidad hay un descanso. Dibujar no para llegar a algo, sino para perderse un poco.

Anne Burdick habla del diseño como herramienta epistémica. Como forma de pensar, no solo de comunicar¹¹. Ahí encuentro un punto de contacto con la pintura. Ambas pueden funcionar como dispositivos para imaginar. No para resolver.

Al final todo vuelve a ese espacio intermedio. Ni diseño puro. Ni pintura pintura. Un territorio borroso. Donde no hay respuestas claras. Ni proyectos redondos. Hay dudas. Cagadas enormes y cositas que no encajan. Y eso, hoy, me parece suficiente.

No para salvarnos del diseño. No para renovar la pintura. Ni mucho menos. Solo para seguir dando un paseo por el desierto de los incautos. Aunque sea despacito. Aunque estemos solos. Aunque no sirva para nada.

Y quizá precisamente por eso, en el lugar donde nunca pasa nada, esté el origen de todo.


Notas

1. Vilém Flusser, Filosofía del diseño; El mundo codificado. El diseño entendido como programación cultural que organiza comportamientos y modos de pensar.

2. Slavoj Žižek, El sublime objeto de la ideología. La ideología como algo que seguimos incluso sabiendo que es falsa.

3. Jonathan Crary, 24/7: Late Capitalism and the Ends of Sleep. Crítica a la aceleración productiva y a la imposibilidad del descanso.

4. Boris Groys, Sobre lo nuevo; Arte en flujo. El arte como operación de recontextualización más que de innovación.

5. Vladímir Arséniev, Dersu Uzala; Akira Kurosawa, Dersu Uzala (1975). Figura del guía que habita territorios extremos sin mapas estables.

6. Reflexiones sobre el intervalo y el vacío como espacios activos del pensamiento, presentes en distintas tradiciones críticas contemporáneas.

7. Anthony Dunne y Fiona Raby, Speculative Everything. El diseño crítico como generador de preguntas y su posible absorción por el sistema.

8. Rosalind Krauss; Yve-Alain Bois, Formless: A User’s Guide. Lo informe como operación de desclasificación formal.

9. Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia. La claridad y la visibilidad total como formas de control suave.

10. Hito Steyerl, Los condenados de la pantalla. Circulación acelerada de imágenes y desgaste del sentido.

11. Anne Burdick et al., Digital_Humanities. El diseño como herramienta epistémica y forma de producción de conocimiento.

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