Después de mucho trastear uno llega a la conclusión de que lo realmente interesante no está en encontrar el color adecuado o utilizar la línea correcta. O al menos no interesa más que intentar comprender lo inabarcable de las pasiones humanas. El dolor, el drama, la tragedia, la risa. Todo eso que nos atrapa en la animalidad de lo ya creado.
Existe una necesidad casi inevitable de ordenar, clasificar y entender el mundo. Para eso hemos utilizado las matemáticas, la ciencia, los mapas y, por supuesto, el diseño. Nos gusta poner cada cosa en su sitio. El problema aparece cuando pensamos que el sitio que hemos elegido es “el sitio”, el lugar definitivo.
Conocer el mundo desde lo empírico, lo matemático o lo físico es fundamental. Pero no creo que sea suficiente. También necesitamos tocar con los deditos y ser tocados. Entrar en ese terreno bastante menos preciso de los afectos, donde las reglas son cables pelados y las cosas se complican a lo más mínimo.
No es para obsesionarse pero trabajar con la figura tiene menos que ver con representar un cuerpo que con perseguirlo.
La figura es una posibilidad que te conecta con lo infinito. Una especie de batalla contra algo que nunca termina de dejarse atrapar. Uno dibuja, corrige, deforma, vuelve a dibujar y, cuando parece que por fin tiene algo delante, ese algo ya se ha diluido. Supongo que ahí empieza la alegría. Nunca sabes por dónde llega y por donde se va.
Cada vez entiendo más el diseño como la construcción de un escenario. Colocamos actores principales y secundarios. Diseñamos la iluminación. Decidimos el ritmo, las distancias, los recorridos. Construimos jerarquías y establecemos qué debe aparecer primero y qué puede permanecer al fondo. Hasta aquí, todo correcto. El problema comienza cuando nos profesionalizamos demasiado en conseguir que el escenario funcione y olvidamos lo que ocurre dentro de él. Podemos construir un escenario técnicamente perfecto, funcional y producir una obra absolutamente imbeciloide.
El escenario debería servir precisamente para lo contrario: para acercarnos a las pasiones humanas, a lo contradictorio y a lo incontrolable. A esa extraña mezcla entre lo animal, lo racional, lo aprendido y el entorno que hace posible eso que llamamos “lo humano”. No creo que lo fundamental esté en cada elemento por separado, sino en el toque que uno le da al gazpacho.
El diseño debe construir herramientas. Por supuesto. Necesitamos estructuras, códigos, sistemas y formas que nos permitan orientarnos. Necesitamos que alguien coloque algunas tablas en el suelo antes de empezar a bailar.
Pero una vez construido el escenario, quizá el diseño debería darse en retirada. Dejar espacio. Permitir que el cuerpo se equivoque. Diseñar los pasos de ballet suficientes antes de que empiece a sonar la música para liberar el baile. Me gusta pensar que el diseño puede colocarnos en una determinada situación para que, una vez allí, podamos escapar de ella. Construir una estructura suficientemente sólida como para permitirnos romperla con el zapateo del baile.
Diseñar, entonces, no sería determinar lo que debe suceder, sino preparar las condiciones para que suceda algo. La obra deja de ser únicamente un objeto y empieza a comportarse como un acontecimiento. No necesita tener una intención concreta a cada momento. No necesita justificar constantemente para qué sirve. Puede limitarse, durante un instante, a producir presencia. Algo ocurre. Y nosotros estamos allí.
Quizá por eso me inquieta cierta idea contemporánea del diseño que pretende anticiparlo todo. Diseñamos experiencias, emociones, comportamientos, recorridos, deseos y hasta maneras de relacionarnos. Parece que ya no basta con diseñar la silla. Ahora también queremos diseñar a la persona que se sienta en ella.
No creo que el diseño deba construir al hombre del futuro. Creo que debería construir herramientas para que ese hombre pueda hacerse y deshacerse a sí mismo. La diferencia es palpable. En el primer caso diseñamos al actor. En el segundo, construimos el escenario y aceptamos que el actor libere sus facultades de actor. Incluso que abandone la idea de ser actor para volver a ser hombre. Hay algo profundamente humano en esa posibilidad de salirse del guión. Algo animal que rompe momentáneamente las estructuras que hemos construido para entendernos.
Volver más a ese lenguaje. El lenguaje del cuerpo antes de ser organizado. Del gesto antes de convertirse en código de conducta. Del impulso antes de convertirse en comportamiento con causa. No se trata de regresar ingenuamente a una supuesta naturaleza pura. Esa naturaleza seguramente nunca existió. Se trata de dejar un hueco.
Por eso creo que el diseño pertenece a un estadio anterior. Especula. Prueba. Organiza. Construye posibilidades. Abre escenarios. Pero debería tener cuidado cuando intenta decidir cuál de todos ellos es el correcto.
El diseño me interesa precisamente cuando deja de presentarse como una máquina de solucionar problemas y empieza a funcionar como una herramienta para formularlos. Cuando no intenta cerrar una situación, sino abrirla.
Puede que una de nuestras tareas como diseñadores sea precisamente esa: construir estructuras incompletas. Preparar escenarios que no sabemos exactamente cómo van a terminar. Diseñar objetos que no sepa, ni el que lo ha hecho, cómo deben utilizarse. Dejar zonas sin resolver. Porque si algún día conseguimos diseñar las cualidades óptimas de lo que significa ser humano, probablemente habremos cometido un error irreversible.
Un ser humano perfectamente diseñado sería eficaz, equilibrado, productivo, saludable, razonable y seguramente insoportablemente triste. No tendría contradicciones. No perdería el tiempo. No cometería estupideces. Y posiblemente no podrían morir porque no fueron diseñados para ello.
Hay cosas que funcionan precisamente porque no funcionan del todo. La risa podría ser una de ellas. Por eso conviene no diseñarla demasiado. En el momento en que consigamos diseñar perfectamente la risa, probablemente dejará de tener gracia.
